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Prot.
N. 451/00/L
5 de Octubre
FRANCIS XAVIER SEELOS, EL BEATO SACERDOTE
El Beato Seelos nació en Fussen Alemania en el año
del 1819. El logró entrar en el seminario diocesano
después de terminar cuatro años de estudios en
filosofía. Después de conocer el santo carisma
de la Congregación del Santo Redentor, El decidió
unírseles para ir de misión a los Estados Unidos. El
entró al noviciado el 20 de abril de 1843 y después de
terminar sus estudios de teología, fué ordenado como
sacerdote el 22 de diciembre de 1844. Seelos comenzó su
ministerio pastoral en la ciudad de Pittsburg
Pennsylvania para ayudar al párroco, su hermano, San
Juan Neumann, mientras ejercía como maestro de novicios
al mismo tiempo que se dedicaba a la predicación. El se
convirtió en predicador ejemplar para la misiones,
predicando en Ingles y Alemán por mucho de los estados
de Norte América. El murió en Nueva Orleáns,
Louisiana, el 4 de octubre de 1867 a la edad de 48
años.
Oficio de Lecturas
Segunda Lectura
Tomado de las cartas del Beato, Francisco Xavier
Seelos, Sacerdote.
Archivos de la provincia de Baltimore
“No pongas nada por encima del amor de Dios.”
Este deseo de traer un sacrificio a Dios una y
otra vez comprende todas las cosas que he amado en esta
vida, y en las que en mi corazón se asentó. Cuando
pienso en las bellesas de la naturaleza, estas no evocan
en mí sentimientos de ansia y melancolía, pero me llenan
de un gran regocijo, ya que no le estoy dando a Dios
ningún regalo verdadero, puedo darle uno imaginario.
Al mismo tiempo, en la sobreabundancia de mi buena
fortuna, no puedo separarme del pensamiento que en el
cielo Dios me dará aquellas cosas que para El, yo he
abandonado en esta vida y esto siempre lo pongo en mis
oraciones. Y así, el noviciado y cuando lo terminé,
cuando tomé mis votos, la vida con mis hermanos de la
Orden, y por encima de todo, el insumo de apreciar todas
estas cosas en cuanto a mis habilidades me lo permitan
para que no haya nada que pueda desear, excepto cumplir
mis obligaciones de una manera mejor-estas fueron las
primeras bendiciones de la divina misericordia. Todo
fue totalmente en contra de mi naturaleza. Pero
precisamente el gozo de aceptarlas, en la gracia
sobreabúndate de Dios, se me hizo claro el Misterio de
la renunciación y la paciencia en este mundo para que yo
sienta que soy afortunado en el tener mis hermanos
religiosis y todas las bendiciones espirituales y
temporarias que están entrelazadas unas con la otra.
Y puedo añadir que Dios me ha exaltado tanto como para
anuncias el mensaje del evangelio a los pobres y para
enseñarles, y compartir con ellos los tesoros de Dios.
Todo ofrenda tiene valor mientras que las arrancamos de
nuestros propios beneficios y se la dedicamos a Dios a
través de esta acción de auto-conquista. Uno ama y da
precisamente porque uno ama, y porque uno considera que
lo que fue dado tan bueno como un tesoro. El amor hacia
las criaturas tiene que estar subordinado al amor de
Dios, al que estamos comprometidos a amar por sobre
todas las cosas.
El tiempo, cuando no hemos ofrecido nada a Dios, es
tiempo que se ha perdido para siempre. Si son los
deberes de nuestra vocación que logramos ejercer con
dedicación conforme a la voluntad de Dios; Si es el
sudor de nuestras caras, que con resignación, nos
limpiamos de ceja a ceja sin murmurar; Si son los
sufrimientos, las tentaciones, las dificultades con
nuestros vecinos- todo lo que podamos presentarle a Dios
como ofrenda, y así podemos por las mismas convertirnos
como Jesús su hijo. Cuando los sacrificios son grandes
y numerosos, en las mismas proporciones, está la
esperanza de gloria que es más profunda y más
seguramente fundamentada en el corazón de aquel que lo
hace.
Salmo Responsorial: Ps. 119, 1-2; Mk 8, 34
R/. Bendito el que camina sin mancha, y camina el la ley
del Señor.
* Bendito el que guardando sus preceptos, lo busca de
todo corazón.
V/. El que quiera venir tras de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz y sígame.
* Bendito el que guardando sus preceptos, lo busca de
todo corazón.
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